
Como aquellas profesoras que te tachaban un ejercicio con un rotulador rojo, haciendo un aspa de lado a lado bien grande encima de lo que te había costado tanto esfuerzo: ¡rashrash!; para que te dieras cuenta de lo mal que habías hecho la suma o el dibujo, y te fueras a tu pupitre con lágrimas de rabia y sentimiento de culpa e ignorancia y el cuaderno hecho polvo. Así a veces alguien te tacha la vida. Con un rotulador rojo cruzándote la cara y el alma y destiñéndote surcos mezclados de sangre y tinta de la piel. Llegan y te tachan sin explicación ninguna, calla, no me mires, no te hablo, no me hables, vete, no te miro, no existes. Sin que te expliquen nada, sin que puedas explicarte qué pasa, te vas con tu pobre cuartilla enrojecida y marcada a tu mesa, preguntándote en qué fila de las sumas te has equivocado si las has repasado siete veces, si las has hecho con tanto cuidado y sin tachones, si habrá sido al llevarte o al colocar la coma, si vuelves a repasarlas y no ves ningún error. Y te queda siempre ese recuerdo de la perplejidad de no saber en qué te equivocaste, qué daño hiciste, porqué te tachan así el cuaderno de rayas.
Cuando ya hace muchos años que no haces sumas de varias filas ni te llevas ni tienes comas que colocar, aparece un rotulador rojo y te vuelve a tachar. Rashrash. Sin más ni más. Y regresa la cara de sorpresa, la rabia y la ignorancia, la culpa, las preguntas, el repaso de la suma, la búsqueda del error, el dolor, el desengaño. Regresa a tus manos el tacto del cuaderno estropeado y el olor fuerte de la tinta, y recuerdas muy bien cómo esa equis roja duele más que el más duro de los bofetones que has recibido y te hace sangrar más aún los labios partidos.
Pero ocurre que ya no tienes cinco años y has aprendido que a veces te hacen daño sin motivo, sin explicaciones y sin remordimientos. Aprendes que las palabras hacen más daño que las bofetadas y los silencios duelen más que los puñetazos, y aprendes cuándo los utilizas para una cosa u otra. Y que si te tachan el cuaderno o la boca, y te vas a casa con un aspa roja gigante bien marcada, no importa: abres el estuche, sacas el lapicero de dibujar y le sacas punta con cuidado de que no se rompa y lo afilas muy bien. Con la punta del lápiz perfilas una silueta, mientras el grafito va absorbiendo y secando la sangre que cae de tu boca partida y la tinta del rotulador, y va restañando las heridas; y tú dibujas y dibujas sin parar, usando el lapicero como una varita mágica que mata el dolor. Luego lo entierras, después haces el funeral, y los ritos de la muerte y la vida y la resurrección del alma y el cuerpo, y con tu lapicero sombreas y recoges y das luces, y terminas el luto que toda tachadura roja provoca, porque todas han matado lo que quedó detrás de la tinta: la suma de varias filas, la coma bien colocada, el resto que te llevas, el total que tanto te costó encontrar. Y al cabo de un tiempo, si has ido dibujando bien y sin prisas ni pausas, dedicándole el tiempo necesario a la muerte y la resurrección, empiezas a sentir pena por quien lleva en la mano un rotulador rojo y sólo sabe hacer tachones; y un poco después te das cuenta, al repasar las sumas, que ya ni siquiera sientes pena y ya no vuelves la cabeza.
Y que la pena de ni siquiera sentir pena, también desaparecerá.
15 flores y flashbacks de...........:
Ultimamente parece ser que las profesoras del rotulador rojo se han puesto de acuerdo para tachar hojas que no se merecen ser tachadas... Es como una plaga que vuelve cada cierto tiempo...
Una se queda mal, pero con el tiempo no hay tachón rojo que pueda con las ilusiones, con la verdad o con lo que sea..
Animo Pon, querida...
Cómo escribes!! Gracias por hacerlo...
...pero ya no tienes cinco años y sabes que, en el fondo, ya no importan los motivos, lo que cuentan son las consecuencias y esas son las que siguen doliendo y a las que te tienes que enfrentar.
A veces, ni siquiera te molestas ya en dibujar encima de esa cruz ni en intentar remendar por enésima vez ese corazón del que sólo quedan jirones desfilochados en donde ya no hay por dónde meter la aguja. Estrenas otro cuaderno, te compras un corazón nuevo y cuando te acostumbras a sus hechuras sabes que la vida sigue y tú te has vuelto a levantar.
http://masdelafrantic.blogspot.com/2011/07/un-corazon-nuevo.html
Si a lo largo de los años te han tachado muchas veces llega un momento en que cada vez duele menos. Y ya si la seño te tiene manía, entonces que le den: la equis me resbala.
Besos!!
Nos empeñamos en repasar la cuenta para ver donde está el error pero la cuenta es solo un pretexto para ponernos el tachón. No hay que darle muchas vueltas, mejor cambiar de cuaderno y si me apuras hasta de colegio.
Preciosa y triste metáfora.
Un abrazo
Esta entrada me ha llenado de tristeza, porque dices metafóricamente verdades como puños, hoy en día vivimos momentos muy extraños en los que demasiada gente está siendo tachada sin la más mínima contemplación, pero lo que más rabia me da es la impasibilidad de quienes ven la injusticia, y ya sabes, hoy tú, mañana el otro y al siguiente tal vez yo.
cuando te tachan en rojo inesperadamente duele, ...una sensación muy parecida al vacío si es alguien muy íntimo, si estás haciendo equilibrios sobre el abismo no importa demasiado si salen las cuentas.
lo que estoy seguro es que no fuiste tú quién te equivocaste.
¡cómo escribes jodía!
Pues yo, con rotulador verde, te hago una linea que baja desde el noroeste hacia el sur y sube después hasta el noreste; una V bien grande que no es ¡rashrash!, sino ¡flishflish!, que los rotuladores verdes ya sabes que no suenan igual.
Y sí, es verdad que ya no tenemos cinco años, pero, a veces, las cosas más insignificantes nos pueden destrozar; depende de cómo tengas el día, una simple mota de polvo puede ser demoledora...
Y mi rotulador verde es indeleble, que lo sepas.
Se vuelve uno casi insensible y hace bien, porque la prepotencia del "tachón" a rotulador rojo indica que igual sabían algo más que uno, en ese momento: pero poco más, ya que los conocimientos no se imponen, sino que se comparten y transmiten, y corregir no significa sólo "afear", sino intentar arreglar un fallo, que lo expliquen y que se entienda...Sino, es que la cultura, el saber, se convierte en algo prepotente, discriminatorio, y alguien que hace algo así es negado para la enseñanza: no debería estar ahí...
Compensan algunos "francotiradores/as": igual algunas/os no existen ya, pero quiero pensar, y no perder la esperanza: Doña Enriqueta corregía a boli verde y rojo: pero lo hacía en un márgen: las verdes eran faltas leves, de concordancia, sentido, etc, las rojas graves: pero siempre eran como notas al márgen...Algo que te ayudaba a mejorar...Era dura, algo sádica (a veces aplastaba los nudillos a los niños un poco)...probablemente todo ello tenía que ver con que no tuvo hijos, con que no hacía el amor (lo de los nudillos)...Pero por lo demás se aprendía...Era verdad que la "letra con sangre entraba"...pero también con cierta ironía: probablemente sabía reirse de si misma.
Doña Iva era otro caso..era checa, en aquel momento como una marciana: Compensaba, porque daba una curiosa clase de humanidades, en la que los exámenes los corregía (de alucinar), intentando imitar en el márgen la letra de cada niño, y con el mismo color de tinta empleado...
Por suerte, aprendemos mucho más de los "marcianos" así que de los prepotentes. De vez en cuando también nos toca en gracia un hada, o un Merlín, que por arte de magia tornan esa "insensibilidad" en sensibilidad, interés, motivación, pasión...Todo está casi perdido, pero aún no del todo si queda gente así: con una vocación, cierto amor y delicadeza para hacer las cosas.
Besotes.
Si que duele, duele mucho, cuando tienes cinco años y te tachan la cuenta como cuando tienes 50 y te tachan sin más; duele que nos tachen sin miramientos y por conveniencias; y lo que más duele es que el tachón sea inesperado y provenga de dónde jamás lo hubieras sospechado. Y como ya no tenemos cinco años, pues cuesta más seguir adelante, porque ya la espalda está medio quebrada y las mochilas pesan mucho, y no tiene maldita la gracia tener que cargarlas con un dolor inesperado y calentito. Pero se hace, y después de todas las penas por las penas termina siendo un recuerdo lejano, un aire frío que a veces traspasa la puerta. Pero se vuelve a cerrar y punto.
Además, si mi Straw me repasa con un rotulador verde indeleble, pues ya no hay discusión, que yo soy muy obediente.
Sólo una palabra: sensibilidad. Quienes la conocieron y sufrieron, sabrán de lo que habla Pon...
ES DE JUSTO(no sé porqué no sale)
"Esas experiencias son de verdad aterradoras, porque no tienes a lo que aferrarte, al no encontrar explicación.. y por mucho que nos surja una piel nueva, más endurecida que la anterior, volveremos a sentir el dolor..
..pero tú misma nos das una varita mágica a modo de lapicero: lo tendré en cuenta.. "
Me ha ocurrido varias veces ya, Pon, que envío comentarios y luego no salen. Pero me parece que no soy el único, porque Senses decía que los de Deme él los ve, pero tampoco le aparecen..
Por cierto, lo que me preocupa es que a veces nosotros pongamos tachones rojos sin darnos cuenta.. o dándonos, aunque no lo queramos admitir.
Si te tachan una hoja, se tira esa y se coge otra. Si te tachan en la cara... a curar las heridas, un poco de maquillaje que no se note y a seguir pa'lante.
Ya lo has dicho tú: más pena da el del rotulador, que no sabe hacer otra cosa.
Saludos.
Sí, el rotulador rojo siempre me ha dado un poco de respeto.
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